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" Si los anunciantes se gastaran la misma cantidad de dinero en mejorar sus productos de lo que se gastan en anunciarlos, ni siquiera necesitarían anunciarlos."
Will Rogers

COLUMNA

¡Yo no trabajo, me divierto!

Fecha:25-07-2016

Dr. Germán Retana
Catedrático INCAE

Paradójicamente, el buen humor es un asunto muy serio. Su presencia en las empresas es síntoma de un ambiente laboral propicio. Tiene un efecto de amplio espectro, abarca desde la prevención del estrés, hasta la posibilidad de convertirse en campo fértil para la innovación y el trabajo en equipo.

En un ambiente alegre pocas cosas frenan el dinamismo; el trabajo y el buen humor son compatibles. Las carcajadas son contagiosas y no se interpretan como ociosidad o falta de responsabilidad. Por el contrario, la productividad aumenta porque, si se está de buen humor, las relaciones y la información se gestionan más efectivamente.

Diversos estudios demuestran que en una empresa, cuyo ambiente esté impregnado de buen humor, las personas pueden alcanzar hasta un 20% más de eficiencia, sin necesidad de recurrir a incentivos tangibles. Los equipos se tornan resilientes, no se rinden ante nada y no confunden la camaradería con el irrespeto ni el sarcasmo.

En entornos alegres se incrementa el sentido de pertenencia y, con él, los deseos de innovar; la gran ausente es la amargura de jefes y colegas. Equivocarse y reírse de uno mismo son conductas esenciales de una cultura organizacional, donde es posible intentar transformaciones, personales inclusive. Reírse es interpretado como un antídoto contra el envejecimiento y un aliado para combatir los distanciamientos. “Una persona sin humor es como un carro sin amortiguadores: todas las piedras del camino le sacuden”, dice Henry Ward Beecher.

El sentido del humor propicia los desapegos y reduce los conflictos, porque, bien canalizadas, las sonrisas generan conexiones sin necesidad de emplear la palabra, y elevan la sensación de bienestar. Las personas con buen humor se caracterizan por sostener relaciones fluidas y naturales; aprenden con gran facilidad, viven en el tiempo presente, no en el angustioso enigma del futuro ni en la ansiosa encrucijada que les representa la incertidumbre.

Es una cualidad que no puede ser forzada, aunque ocasionalmente un chiste fino la propicie, debe nacer desde lo más profundo de cada quien. Los gestores de las organizaciones pueden detectar tempranamente síntomas como la pérdida del disfrute y del interés, los cuales se manifiestan en la impuntualidad, la declinación de las tareas y os roces que surgen entre colaboradores y departamentos.

Los jefes deben dar el ejemplo para que no les suceda como el caso de un hombre que conversa así con su amigo Gabriel: “Tengo un jefe genial. ¿Qué bien y qué hace?, pregunta Gabriel. Se pasa todo el día durmiendo. ¿Y tú, qué haces? ¡Yo le ayudo!”

Jocosamente se dice que es tan feo trabajar que tienen que pagarnos para hacerlo; el secreto para “dejar” de trabajar es disfrutar tanto lo que hacemos que ni siquiera le llamemos trabajo, sino diversión.
¿Ya está usted en ese nivel?

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